Un pequeño receso [Privado]

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

Un pequeño receso [Privado]

Mensaje por Alexander Verloren el Sáb Sep 15, 2012 10:04 pm

Ese día había empezado peor que cualquiera en su vida. El dolor de cabeza le había despertado temprano en la madrugada y no había podido volver a conciliar sueño. Levantado cuando aún toda la ciudad dormía, apenas se escuchaban sonidos fuera de su departamento en la zona residencial, un amplio departamento de dos dormitorios, amplios espacios blancos y ventanales que mostraban parte del barrio al estar casi en el piso más alto... lejos de todo lo que le pudiese molestar, sobretodo de los ruidos de la calle.

El té de hierbas no le calmó la jaqueca, tampoco lo hizo la aspirina que tomó enseguida. Y apenas había podido hacer 15 minutos de yoga hasta que un mareo le hizo sentarse en el piso y tener que recostarse mirando el techo por varios minutos antes de poder siquiera volver a sentarse y cerrar sus ojos intentando una de tantas técnicas de meditación. Lo intentó sin saber cuanto tiempo ocupó en ello, pero el sonar de la alarma en su habitación le hizo emitir un tendido gruñido y el tensar de su ceja así como el apretar de sus puños. Se levantó de mala gana encaminándose a apagar la molesta alarma... él la encontraba molesta por más que se tratase de una suave melodía acompañada de los sonidos de un bosque alegre y primaveral.

Se adentró en el amplio baño encendiendo el agua cálida de la ducha desnudándose frente al inodoro, evitando verse al espejo cuando se encontraba desnudo recordandole el reflejo del vidrio de su celda en el laboratorio. Pasó apenas unos minutos en la ducha antes que alzara la cabeza bajo el agua para enjuagar su cabello... el piso pareció moverse, el sonido de todo apagarse y ser suplantado por un fuerte pitido molesto que le hizo perder el equilibrio, trastabilló fuera de la ducha sujetándose de la mampara la cual se deslizó abriéndose de un golpe y quebrándose por el impacto, algunos vidrios cayeron en el piso cortando la mano del pelinegro. Un desfile de insultos salió de la boca del pelinegro que llevó sus manos a su cabeza desde el piso del baño, retorciendo su cuerpo blanquesino y delgado contra el frío piso de losa. El dolor se hacía insoportable, sobretodo detrás de su oreja, donde tenía su tatuaje. Sus uñas apretaron su piel marcada y se deslizaron con fuerza en desesperación lastimando su piel pero solo provocándole más dolor debido al shampoo mal enjuagado de su cabeza. Un grito se ahogó en su garganta en medio de un corto llanto de desesperación, el dolor en su pecho se hacía presente así como ese deseo de destrozar todo a su alrededor, perdía noción de si y el odio volvía a envenenar su tranquilidad. Su cuerpo completamente tenso se encorbó en el piso tomando posición fetal quedando completamente quieto, apretando sus manos contra sus oídos, con sus uñas marcando la piel de su cuero cabelludo, sus dientes tensando su mandíbula y resaltando los tendones de su cuello, incluso los dedos de sus pies se separaban tensos.

Pasaron varios minutos antes de que el pitido se detuviera, varios más antes que lograse volver en si notando recién en ese momento que estaba gruñiendo como un animal... casi una hora antes que su cuerpo se relajara suficiente y pudiese tomar suficiente control de si como para levantarse apoyando su mano en el borde del lavamanos... la sangre le alarmó un poco, pero enseguida vio los vidrios en el piso junto con algunas manchas de sangre y solo se levantó apartándose de los vidrios y lavandose las manos y brazos en el lavamanos, el reflejo en el espejo le devolvió una imagen ensangrentada, todo el costado de su rostro estaba ensangrentado, pero asumió que sería por la herida que veía en su mano. Se higienizó la herida pese a que el dolor en su cabeza persistía dificultándole la tarea, lavó su rostro y se envolvió en la toalla para ir por una escoba y limpiar los vidrios.

Su día a día parecía demasiado afectado por ese maldito dolor de cabeza, ya estaba tarde para el trabajo y los mareos le hacían detenerse y sujetarse de las paredes para no caer. Algo tan sencillo como barrer algunos vidrios parecía la tarea más complicada del año. Terminó de ducharse y al pasar la toalla por su cabello notó manchas rojas en la misma, al silencio del hogar, al haber cerrado la ducha, sentía de nuevo, en menor volúmen, el maldito pitido. Al mirarse al espejo notó que la sangre venía de su oído, justo el lado donde tenía su tatuaje. Volvió a gruñir ya harto de todo aquello y volvió a sacar todo de su botiquín volviendo a higienizarse de mala gana... realmente era un mal día... pero algo comenzaba a inquietarlo... ¿qué si lo que estaba pasando no era algo pasajero? ¿Tanto habían jugado con su mente y tantas porquerías le habían inyectado que le estaba afectando ahora? Un destello de pánico apretó el dolor en su pecho producido por el odio que siempre tenía presente en si mismo. Miró sus manos, desnudas a excepción de la venda en la palma de su mano izquierda y como estas temblaban ligeramente. Suspiró cerrando sus ojos, volviendo a centrar su mente en aquella rutina diaria, imaginar la calma, la paz, vaciar completamente su mente de todo lo que le molestaba, de todas las preocupaciones, de evacuar todos los sentimientos negativos de su mente, relajar cada músculo de su cuerpo. Volvió a abrir los ojos y terminar de limpiar su oído consultando el reloj de pared que se veía en su habitación desde la puerta abierta del cuarto. Ya el sol comenzaba a iluminar las habitaciones.

No iría a trabajar.

Solo haría unas llamadas desde su casa e intentaría relajarse, lidiar con esa maldita jaqueca y tomarse un día libre... el primero desde que había salido de su encierro. Con la calma del mundo terminó de peinarse, dejando su cabello mojado hacia atrás pasando solo el peine apenas húmedo en gel para que se mantenga en su lugar, se vistió para quedarse en su casa, una camisa de manga larga en un suave tono verde seco pastel, unos pantalones de tela negros y unos mocasines sport negros.

Por más que lo intentó, su día no mejoró, la jaqueca seguía molestándolo, jugando con su paciencia y poniendo a prueba cada una de las técnicas que había aprendido con el correr de los meses, parecía que nada funcionaba, la desesperación comenzaba a carcomerle en vida... y para colmo, si se levantaba y caminaba demasiado por su hogar, terminaba con un molesto pitido en sus oídos y sangrándole los oídos. Recostado en el sillón de la sala de estar, tan impecablemente limpia que parecía salida de una revista de diseño de interiores, su mirada se perdía en el techo intentando buscar una solución, sin poder quedarse quieto por la tensión y el stress que le provocaba su estado, pero sin poder moverse por empeorar el mismo si lo hacía.

Eso era... el maldito stress, seguramente estaba con su presión demasiado alta y eso desembocaba en la jaqueca y en que le sangrasen los oídos. Seguro solo era una casualidad que le hubiese sangrado en ese momento el oído donde tenía la maldita marca que no dejaba de arder, pero ya había comprobado que se había arañado, así que ya comenzaba a encontrarle razón lógica a toda la situación. Solo era un pico de stress. Igualmente su paciencia no parecía volver al haber encontrado una respuesta y su humor seguía empeorando. Se levantó dirigiéndose directamente al baño tomando del botiquín una pequeña caja donde comenzó a sacar medicamentos, pastillas de todo tipo, relajantes musculares, para dolores de cabeza, para dormir, sedantes, gotas para la acidez estomacal, para los espasmos de vientre, incluso para el dolor de garganta... revisó uno a uno los medicamentos y terminó por tomar la caja entera y arrojarla contra la mampara rota quebrando y tirando los vidrios que aún permanecían en la estructura. - ¡MALDITA SEA! - todo... tenía de todo menos para la presión, se había quedado sin las malditas pastillas para bajar su maldita presión. Molesto salió del baño azotando la puerta del mismo y solo tomando las llaves de su auto y su billetera para salir al peor de los infiernos... el centro al mediodía.

Tardó más de media hora en llegar a la farmacia de confianza... y es que no podía ir a cualquier farmacia de la ciudad, la mayoría de los medicamentos que compraba solo eran vendidos por prescripción médica... y él NO iría a un médico ni aunque su vida dependiera de ello. En cambio, su consultor, le había pasado un contacto para esa farmacia donde los medicamentos se le cobraban un poco más caro, pero no se necesitaba más de solo dinero y el nombre del medicamento para obtenerlo. Fuera de esto, el lugar funcionaba como una farmacia normal a apenas unas tres cuadras de su trabajo en el NY Times... en pleno Times Square.

Fue reconocido al entrar y enseguida se acercó al mostrador donde se encontraba el farmaceutico conocido, no sacó número y fue atendido enseguida por más que había gente esperando. Su semblante era bastante intimidante con su rostro serio y tenso... así como sus casi dos metros de altura. Solo mencionó el medicamento y espero a que el hombre de bata fuese por el mismo. Sus dedos tamborileaban molestos sobre la superficie de vidrio.


avatar
Alexander Verloren

Fecha de inscripción : 03/08/2012

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: Un pequeño receso [Privado]

Mensaje por Delic el Mar Sep 18, 2012 10:27 pm

"Creo que hoy no es buen día para salir de casa. @u@;;;"

Delic lentamente aprendía a prestarle más atención a mitos de internet. Era una lección que había aprendido más de alguna vez en su vida pasada, y que regresaba ahora para atormentar su vida presente. Pues bien; la media era lo suyo, podía desenvolverse mejor con ello.

En principio, no se había dejado alarmar por una que otra coincidencia. Salió de la cama no menos que al mediodía, como acostumbraba hacer, ignorando un pequeño ardor tras su oído derecho que coincidentalmente parecía centrarse en el código que allí llevaba tatuado. A todo mundo podían arderle los oídos alguna vez, uno u otro, Delic estaba lejos de ser paranoico y no lo tomó como señal de nada. Sólo cuando el leve ardor se transformó en un escozor un poco más molesto, luego de apenas una media hora de estar en pie, consideró pedir una segunda opinión. Tenía los medios para contactar a algún doctor clandestino que pudiese mantener secretos, o quizás consultar directamente al informante si sucedía algo o no...

No, no sabía aún si confiar en el tipo, esperaría a su cita de la tarde para hablar de todo lo que necesitase hablar con él. La idea de hablar con Slater también pasó por su cabeza, pero fue descartada con mayor rapidez aún. Por ahora, tendría que arreglárselas por sí mismo. De todos modos, quedarse en casa y esperar sería inútil; tomó sus llaves, cubrió sus oídos con los auriculares usuales (aunque el calor de su oreja derecha ciertamente era un estorbo) y se encaminó al centro en su auto. Ya se le ocurriría algo en el camino.

El pie que descansaba sobre el acelerador bajaba a cada tanto, inquieto aunque no tenía verdadero apuro. Tenía un gusto poco sano por la velocidad que pocas veces podía ejercitar en las calles de una ciudad tan ajetreada como Nueva York, que apenas le permitía un par de kilómetros tranquilos en las inmediaciones de su barrio para recorrer en línea recta, con el vehículo a una velocidad que ponía las llantas inestables y que le enviaría en giros contra la vereda ante cualquier intento de doblar con fluidez. Se le antojaba soltar el volante. Sólo entonces podía sentir la cabeza más ligera y la espalda recorrida por escalofríos, una de sus sensaciones favoritas. Tras escasos minutos, las calles comenzaban a verse más amplias pero menos vacías, obligándole a bajar la velocidad y a perder ese pequeño placer. A su vez, cuando sintió su cabeza volver a la normalidad, había perdido ya gran parte del ardor en su oído.

Detuvo el auto un momento. ¿Ya estaba? Entonces no debía ser nada, después de todo, y hasta se había preocupado... dio medio vuelta y emprendió el camino de vuelta, mas no regresó una gran distancia antes de sentir la incomodidad regresar. Un par de kilómetros más y estaba tan fuerte como antes. Cambió de carril, se giró nuevamente en la dirección del centro y otra vez sintió el ardor aliviarse.

Debía ser un chiste. ¿Qué carajo había en el centro que le llamaba de ese modo?

Algo había en la ciudad para él y aquellos como él, eso lo tenía claro. No podía saber aún si era bueno o malo, pero algo debía estarles dando una señal, o quizás sólo a él... en algún punto encontraría el cero, ¿no? El punto en donde dejase por completo de sentir esa incomodidad. Volcó su atención en el ardor de su oreja derecha mientras conducía, intentando descifrar hacia dónde dirigirse por las sutiles diferencias en la sensación, por ratos un alivio y por ratos una intensificación leve. Las vueltas le llevaron alrededor de Times Square, en donde no tuvo más remedio que encontrar dónde detener el auto y observar los alrededores.

Algo allí era lo que le estaba llamando. Algo debía ver que le llamase la atención. Bajó la ventanilla y encendió un cigarrillo mientras aguardaba, buscando con la mirada.

________ La ecuación Humana ________
avatar
Delic

Fecha de inscripción : 07/08/2012

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba


 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.